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Los graves problemas de las bibliotecas peruanas
Por Carmen Villanueva
Durante los días 5 y 6 de octubre se realizaron en Arequipa las Terceras Jornadas de Bibliotecas Universitarias, organizadas por el Consorcio Altamira y la Universidad Católica San Pablo, con el apoyo del Instituto Peruano Norteamericano de esa ciudad. Conviene precisar, porque no es muy conocido, que Altamira se formó con un conjunto de nueve bibliotecas universitarias que se asociaron el 2001 con la finalidad de gestionar las ventajas que se obtienen como consorcio de los proveedores internacionales de bases de datos. Hasta ese momento, había sido imposible para cualquier biblioteca universitaria peruana, pública o privada, adquirir para uso de sus comunidades recursos electrónicos en línea que les dieran acceso a la información más actual y especializada. Los precios eran sumamente altos para cada institución individual; estamos hablando de decenas de miles de dólares. Al formarse Altamira, los proveedores internacionales ofrecieron sus precios de consorcio que se prorratearon entre las universidades integrantes con una notable rebaja en el gasto para cada una.
Hoy Altamira cuenta con 20 integrantes: las bibliotecas de postgrado de la Universidad Villarreal, la Central de la UNMSM, de la UPC, la USIL, la Ricardo Palma, la San Martín de Porres, el ISIL, la Científica del Sur, la Universidad de Lima, la del Pacífico, ESAN y nuestra Universidad, en Lima; la del Santa, la Pedro Ruiz Gallo, la Privada del Norte, la Antenor Orrego, el ICPNA (Arequipa), la Católica San Pablo, la Católica Santo Toribio y la Universidad de Piura, en provincias. La directiva y el trabajo se eligen y reparten entre sus integrantes y no hay cuotas por la participación.
La convocatoria a estas Jornadas Bibliotecarias Universitarias tuvo un éxito sobresaliente, con 220 inscritos, tres conferencias magistrales, cinco mesas redondas y catorce ponencias, de las cuales tres eran de nuestra Universidad. Ciertamente, los temas abordados fueron muy variados y el público proveniente de diversos puntos del país escuchó cada palabra con sumo interés.
En Arequipa volvimos a tomar conciencia de la grave situación que atraviesa la información científica y cultural en nuestro país. En efecto, volvimos a observar la enorme diferencia que existe entre las bibliotecas de universidades de Lima y del interior, y en la misma capital, entre unas y otras, públicas y privadas, etcétera. No es sólo satisfacción lo que se tiene que sentir al pertenecer a universidades en las que contamos con facilidades de bibliotecas, sino también la sensación de que hay muchísimo por hacer para que la declaración de las autoridades acerca de lograr el desarrollo por la ciencia, la tecnología, la investigación y todas esas grandes palabras, toque tierra y se pongan los medios para que profesores, alumnos e investigadores tengan acceso real a las fuentes de información, sean estas libros y revistas impresos o electrónicos. Los países más desarrollados van al meollo del asunto realizando programas concretos para fomentar el contacto entre libros y niños, manteniendo bibliotecas en todos los niveles de educación y en la vida cotidiana de la gente. Por supuesto que incluyen Internet, pero no esperan sustituir toda la información por Google sólo por ahorrar en otros materiales.
Eso fue lo preocupante de la reunión en Arequipa, a pesar del éxito de las Jornadas: el pedido de ayuda de los participantes de provincias (y algunos de Lima), su depresión frente a la lucha diaria que sostienen por la falta de institucionalidad (la inestabilidad, la indiferente e indiscriminada rotación en sus puestos, la crónica ausencia de recursos, la interferencia con sus funciones, etcétera). Creo que muchos terminamos con la idea de que mientras se mantenga en las universidades la dicotomía mencionada entre lo que se quiere alcanzar y la nula claridad sobre cómo lograrlo, será muy difícil pensar en un salto cualitativo para un cambio significativo en la sociedad y la economía de nuestro país.


